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jueves, 11 de marzo de 2010

Libertad para los presos políticos en Cuba

El Parlamento Europeo ha logrado -casi unánimemente- superar los enfrentamientos partidistas e ideológicos para pedir al Gobierno de Cuba que libere a los presos políticos en una resolución común apoyada por seis de los siete grupos políticos. Sólo ha faltado la Izquierda Unitaria (GUE, por sus siglas en francés).

El eurodiputado Luis Yáñez ha pedido que se abra un periodo de reflexión sobre cómo ayudar al pueblo cubano en sus esfuerzos para iniciar una transición pacífica hacia la democracia.

La oposición dentro y fuera de la isla está cada vez más cohesionada, y mis amigos del Consenso Cubano han logrado aunar diferentes posiciones políticas para unir las ansias de todos los cubanos por la libertad.

Conocí a Marcelino Miyares, uno de los impulsores de Consenso Cubano, hace ya más de diez años en Miami. Me impresionó su compromiso por la libertad en Cuba desde su época de estudiante, cuando participó primero en las reuniones de universitarios contra Batista y luego en el desembarco de Bahía de Cochinos. Es uno de los artífices de la reconociliación nacional en el exilio y de la coordinación con los activistas en la isla.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Un repaso a los Derechos Humanos

A principios de 1947, con las heridas de la II Guerra Mundial todavía abiertas, un grupo de hombres y mujeres de diferentes continentes y creencias se reunieron para redactar lo que Mary Ann Glendon define como “unas pocas normas comunes de decencia”.

En su libro Un mundo nuevo. Eleanor Roosevelt y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Glendon cuenta cómo se fraguó la declaración que cumple 60 años el 10 de diciembre.

Junto con los Principios de Nuremberg y la Convención contra el Genocidio, la Declaración Universal se convirtió en un pilar de un nuevo sistema internacional. A partir de aquel momento el modo en que un Estado trata a sus propios ciudadanos dejó de ser una mera cuestión interna para ser responsabilidad de la familia humana.

La gran impulsora fue Eleanor Roosevelt, esposa del presidente norteamericano. Para ella, la compilación de derechos constituía una unidad órganica que sólo adquiría su pleno sentido como conjunto. Glendon lamenta que “hoy la declaración se ve casi de forma universal como una especie de menú de derechos entre los que cada uno puede escoger a su gusto”.

“El hecho de los países y los grupos de intereses busquen cada vez más definir sus agendas o justificar sus acciones en términos de ‘derechos humanos’ da la medida del éxito de la idea: Casi todas las disputas internacionales tarde o temprano implican los derechos humanos; casi todo ejercicio de la fuerza militar reclama la acción humanitaria como justificación. Y sin embargo, cuanto más se despieza y se politiza la declaración, mayor es el riesgo de que la protección de los derechos humanos se convierta en un pretexto para imponer la voluntad del más fuerte por intervención armada o por presión económica”.

“Uno de los errores más extendidos hoy en día es que la Declaración pretendía imponer un único modelo de conducta apropiada en vez de propocionar un standard común que pudiera aplicarse en diferentes culturas en una legítima variedad de maneras. Esta confusión ha hecho que numerosas regiones miren con recelo la Declaración Universal y da argumentos a la acusación del imperialismo cultural de Occidente tan a menudo lanzada conta todo el movimiento de los derechos humanos”.

Merece la pena leer la declaración: Algunos derechos nunca se han conseguido, aunque parece que ya a nadie le importa, mientras que otros supuestos derechos nunca han estado en la lista.